"El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad." Es mentira.
Tenía los párpados pegados como dos tiras de velcro. Tardó diez segundos en conseguir abrir completamente los ojos y dejar las pupilas a merced de la luz artificial que iluminaba el recinto.
Por unos instantes se sintió desorientado. Miró el reloj: las 4:38 de la mañana. Recordó que estaba en la terminal 6 del aeropuerto de Los Ángeles, que había un problema con su vuelo y le habían asignado otro en compensación que salía al día siguiente. En cierto modo había salido ganando, Air France había derivado su pasaje a Continental y le habían asegurado ciertas comodidades en un 757 de Boeing de las que el A330 de Airbus que había pagado en un principio carecía.
Por lo demás, haciendo un balance más o menos reciente de la situación había pasado las últimas cuatro horas recostado a lo largo sobre casi tres asientos de la terminal por darse el capricho irresponsable de no buscar un hotel donde pasar lo noche. Mientras se incorporaba, sus vértebras trataron de recolocarse dentro de su cuerpo como una perezosa fila de hormigas carnívoras moribundas. Odiaba esa sensación.
Se ajustó el anorak y miró alrededor buscando un cable a tierra. No esperaba que un aeropuerto de madrugaba fuese un lugar tan difícilmente concurrido. Empleó varios minutos en encontrar una máquina de café. Estaba junto a las escaleras mecánicas, como un espectador que contempla desde el rincón más recóndito de la platea la misma función noche tras noche. El café equivalía en estas circustancias a un momento de intimidad en casa con la cafetera metálica antigua sobre el fogón de la cocina, con el aroma tostado y denso que subía hasta la nariz y te apaciguaba. Sería un pequeño retorno irreal a la vida cotidiana, a la calidez del hogar.
Una máquina de café y un smoking point: con eso sería suficiente hasta mañana. Algo para leer habría estado bien, quizá para distraerse y dejar que pasara el tiempo, quizá para sentirse más cómodo y acorde con el nuevo y temporal entorno que le rodeaba.
Pensándolo bien no es ni lo mejor ni lo peor que te puede pasar. Hay muchos contratiempos peores. Por poner un ejemplo, puedes llegar a casa después de 10 horas de oficina y descubrir a pie de calle que tu apartamento en un piso dieciséis está ardiendo por las cuatro esquinas y que tu mujer está saltando desde la cornisa. Alguien puede darte un ligero empujón que te desequilibre y te haga caer a la vía del metro justo cuando está entrando en la estación y ser arrollado. Te puedes ver inmerso en una nube de sangre y polvo después de una detonación suicida en mitad de un mercado de Pakistán.
Invirtió veinte minutos en recorrer la terminal de un extremo a otro. Era reconfortante comprobar que todavía le quedaban fuerzas para hacerse cargo del equipaje. Puede que no hubiera dormido sobre un colchón gigante, pero descansar unas horas le había sentado bien. Por el contrario, muchos de los pasajeros que ocupaban los asientos de las áreas de espera parecían muy fatigados, más allá del cansancio físico. Imaginó con todo detalle un par de vidas traumáticas y dos o tres más rutinarias y aburridas y las asignó mentalmente a los que le pareció más apropiado. Tremendamente injusto. Sin duda podría haberse parado a averiguar si estaba en lo cierto, pero convino consigo mismo que indagar sobre los problemas personales de aquélla gente en aquél lugar y bajo esas circunstancias era un pérdida de tiempo. Prefirió recordar de memoria como regresar al smoking point, la situación del duty free 24 horas y de dos cafeterías que se encontraban abiertas, con el personal todavía sirviendo las mesas.
Echó una ojeada a la prensa en el duty free y compró un ejemplar del TIME con Obama en la portada. Pensó que tenía muchas probabilidades de ser nombrado persona del año. Se lo habría dicho personalmente si hubiese tenido la oportunidad pero recordó el interrogatorio que le habían hecho nada más llegar al país y todas las medidas de seguridad del aeropuerto y le pareció bastante absurdo y lejano concertar una cita con la Casablanca. Se quitó de la cabeza las informalidades con un líder político, al menos con ese y en aquél momento. Hay personas que por la razón que sea son más inaccesibles de lo normal, tienes un campo de acción distinto al habitual aunque eso no te despoja de cierto control de la situación, unas veces es más amplio y otras más reducido. Pero que duda cabe de que siguen jugando con ventaja. O quizá no. O quizá era tan irrelevante como la propia popularidad que le estaban atribuyendo como personaje, tan vaporoso y repugante como los mismos valores pasteurizados y en conserva con los que la prensa y los medios habían estado jugando durante toda la candidatura y que lucían ahora con una sonrisa en los labios, más parecida a la que produce la autoafirmación que deja la propia razón satisfecha de sí misma al confirmarse en señal de narcisimo impúdico que a la que sucede a la explosión de un orgasmo. Esa tercera opción era la más segura. La que más encajaba con la moral perfumada de ese tiempo y ese lugar. Y también con el afán de masturbar el teclado del ordenador que tenían algunos periodistas para obtener en forma de eyaculación profesional palabras bonitas cargadas de buenas intenciones y de un simbolismo capaz de cambiar el mundo con la misma facilidad con la que se chascan los dedos.
Habían incrustado la cafetería en las paredes de la terminal y encajaba con la misma perfección que una pieza de puzzle. Era un lugar frío y funcional, no había decoración y estaba seguro que de haberla habido habría sido horrorosa. Pero el sitio estaba limpio, así que pidió un cortado, se sentó y empezó a interesarse por el índice de TIME que había comprado. Joe Walsh tocaba la guitarra por la radio local y aunque no era el fondo musical más adecuado para sentirse como un cactus en mitad de un campo de girasoles no se quitaba de la cabeza que, si lo llevas al extremo de la caricatura absurda, en California un taxista te puede bajar a patadas del coche y dejarte tirado en medio de una autopista sabiendo que has tenido una mala noche si le propones cambiar a los Eagles por cualquier otra cosa en el equipo de música. Estaba allí para tomarse un café cortado y leer el TIME, no para llevar la contraria.
Notó un ligero cosquilleo en el bolsillo, dobló el TIME sobre sí mismo por la página diez y contestó al teléfono.
- ¿Qué haces llamándome a estas horas? Aquí son las cinco de la madrugada, ¿no se te ha ocurrido pensar que puedo estar durmiendo?
- Veo que has perdido los modales en California. Alguien se preocupa por tí y ni siquiera eres capaz de darle las buenas noches al descolgar el teléfono. Lo has vuelto a hacer: te quedas colgado en el destino y no das señales de vida. Tu compromiso con el desorden y el libre albedrío me saca de mis casillas.
- El único que está colgado de los dos eres tú. Eres mi socio y cada vez te pareces más a mi ex, por tu tratamiento se diría que estoy constantemente a punto de caer tras las líneas de Vietnam o que hago funambulismo en los cables de alta tensión todas las noches. Cómo te dije las cinco últimas veces, no volverá a suceder. ¿Quieres saber dónde estoy? Leyendo el TIME en el aeropuerto de Los Ángeles.
- ¿Y ya está? ¿Es eso todo lo que tienes que decirme? ¿Qué vas a cambiar de número para que no te llame más y que estás ojeando la prensa?
- Oye, estuve hablando con él y no hay mucho en la historia que me ha contado que valga la pena. Admito que hay un fondo sensacionalista del que te gustaría sacar partido, pero nada más. Se subió al escalafón más alto de la sociedad, cayó en picado, estuvo un par de meses viviendo en la calle como un marginado y remontó por un golpe de suerte recuperando su tren de vida. Fin de la historia. No pienso publicarlo.
- Escúchame, ¿has registrado las entrevistas y has tomado notas?
- Claro, tío. Está todo grabado y he tomado montones de notas: muchísimas. Pero no voy a publicarlo. Me gustaría, si fuera interesante, pero es una mierda.
- Es una buena historia y tus argumentos no tienen ni pies ni cabeza. Yo lo veo así. Te lo explicaré más detenidamente cuando vuelvas. Podremos hablar con tranquilidad mientras revisamos las entrevistas.
- Suena muy maternal, desde luego.
- Sí, y pondremos "Everybody Digs Bill Evans", te gustará, te sentirás como en casa.
- Quizá no sea tan mala idea, un poco snob, pero no es mala idea. Mi vuelo sale mañana a las once menos cuarto.
- Te llamaré pasado mañana, estarás más descansado y verás las cosas de otra manera. Esto no da más de sí. Hasta entonces.
Le gustaba la idea de pasar dos días sin una ocupación real. Antes no le ocurría, le asustaban los tiempos muertos. Más que miedo era como la falta de gravedad que pueden notar algunas personas cuando pisan el pedal del cubo de la basura para tirar algo dentro y descubren que la bolsa no está puesta o cuando van a poner el pie en el paso de cebra de una calle poco transitada y el coche que viene de frente no frena y te obliga a pararte en seco. Tú cerebro está pidiendo que cortes con lo que estás haciendo pero el resto del cuerpo quiere continuar con la última acción prevista. Enseguida te acostumbras, pero al principio es incómodo.
En cambio ahora no sentía eso. No tenía asuntos pendientes por resolver